A algunos les parecerá mentira que un edificio tan joven obtenga un prestigio tan relevante. Es hora de empezar a valorar las obras arquitectónicas modernas como se merecen. Es el caso de la Torre del BBVA situada en el madrileño Paseo de la Castellana. La noticia es que próximamente será declarada Bien de Interés Cultural (BIC), en la categoría de monumento por la Comunidad de Madrid. Es la obra más reciente que ostenta este galardón.

El artífice de esta imponente torre fue el reconocido arquitecto Javier Sáenz de Oíza. Lleva 36 años surcando el skyline madrileño y siempre ha sido un símbolo de la zona financiera de la ciudad. Se le reconoce por sus grandes cristaleras, esquinas redondeadas y su silueta oscura que crece hasta 107 metros desde el suelo. Fue uno de los pioneros rascacielos de la ciudad con 37 plantas.

Una obra singular

Para Patrimonio es evidente que la torre cuenta con méritos propios. La torre del BBVA es una obra singular por su original concepción estructural. Cuenta, además con las proporciones de las teorías clásicas sobre la belleza y una acertada elección de los materiales. Todo ello “dentro de la más estricta modernidad para el momento de su construcción”. Hay que tener en cuenta que empezó a construirse en 1975.

Saénz de Oíza tuvo que salvar la bóveda del ferrocarril que recorre la Castellana para lo que empleó la estructura adecuada. Otro de los aciertos de este edificio son los materiales. El acabado es acero Corten, un material cuya característica principal es que se oxida en su cara exterior al tiempo que protege de las inclemencias atmosféricas del exterior. La carpintería de aluminio y las lunas tintadas de bronce son otras de sus particularidades. A pesar de que ya no pertenece al BBVA, esta marca sigue coronándolo.